Las televisoras regias como instituciones mentales
Hace ya varios años que los medios electrónicos locales no están a la altura de sus circunstancias, no sólo no pueden ya representar la (a pesar de todo) diversidad de opiniones de una sociedad regiomontana mutada (que no las exprese es otra cosa), sino que se empeñan en reconstituir una y otra vez las mismas fórmulas que les han sido benéficas, de tal manera que han construido una especie de ghetto mental, una prisión idiosincrática para mantener atado a sus transmisiones a un espectro social cada vez más reducido que sin embargo basta en cantidad para mostrarse como significativo socialmente.
La televisión regiomontana sobre todo se ha decidido ha mantener a como de lugar, ese espectador medio y desidioso, no solamente pobre sino más bien inepto con el cual ejemplificar lo que sería la sociedad regiomontana; es una especie de cinta de moebius de la idiotez la que esquematiza esta relación: como yo pienso que eres un imbécil, actúo como imbécil para que te identifiques; es por eso que conductores, “noticieristas”, payasos, mimos, y demás personajes de la tele local, representan el papel que creen que su sociedad espera de ellos y peor tantito, sus empresas han modelado el negocio de los medios en general sobre esa base, infantilismo que no sólo puerilidad, exageración, insulto, pornografía, soberbia, absurdo histérico, morbosidad sobre lo cotidiano, etc.
De eso surgen personajes supuestamente opuestos como el Arquitecto Benavides, que es una especie de oráculo empequeñecido del tiempo real, que en realidad opera como un contrasentido en relación con dicho modelo empresarial pero lo confirma: vive de recrear su propio pasado, de irse deshaciendo frente a los ojos del espectador, de ir envejeciendo como su idea de sociedad, de confirmar la decrepitud de quienes se han pasado décadas viéndolo de lunes a viernes a las 7 de la tarde, es decir, de recrerar día con día un Monterrey plagado de falsa polémica, mientras la ciudad real se desdobla inabarcable y se desliga de una vez por todas de este sinsentido prefabricado.
Por eso las empresas televisoras son lo contrario de lo que predican, para evolucionar deberían de atender específicamente el tiempo y el espacio que supone su transformación al mismo nivel que el de la sociedad que dicen reflejar, es decir, si en los años 80-90, tuvieron necesidad de emerger con proyectos acordes con su tiempo, es decir, por ejemplo, reconocer la ciudad como un campo abierto a la noticia por horas, el reconocimiento de la población juvenil como un sector que vivificaba la noción de espectador y que exigía por cierto una programación ad hoc; asumieron el cambio tecnológico en imagen y en formato, etc.

Bueno en las últimas décadas han hecho totalmente lo opuesto, se han convertido en una fantasía de si mismas y en una fantasía monstruosa de su sociedad; ¿Cómo es el Monterrey que María Julia La Fuente piensa que es? ¿Chavana expresa la moralidad inferior que suponen sus programas como el ridículo compartido en vez de humor en las masas que convoca?
Las televisoras han repetido las fórmulas precisamente porque sus productores y conductores actuales, no viven en sus sociedad, no nacieron en ella, nacieron en las pantallas y están prediseñados para crear una imagen falseada de la misma, por eso ocupan el exhibicionismo como motor, a diferencia de otra generación como la de los mismísimos Hernández Junior y Benavides, que servían de mediadores entre el común denominador y la fantasía de la pantalla, por eso siguen siendo vistos con admiración, porque fueron las personas reales que alcanzaron el dominio de lo ficticio que es la pantalla, aunque han terminado siendo las viejas papas de las nuevas sopas, ¡y les da un terror retirarse porque esa ficción es todo lo que les queda de vida !
Los nuevos, son diferentes, son creados en las oficinas y en los estudios de cada televisión, en unas empresas aún más estratificadas y jerarquizadas que las de sus antecesores. La generación anterior construía el día a día con sus intereses personales tomados en cuenta por sus patrones y conectaba con las masas medias locales que compartían esos intereses, hasta Adrían Peña por ejemplo se convirtió en los 80 en una personalidad radiofónica porque suponía bien lo que pasaba afuera de la cabina y la gente jóven sentía suya esa forma de ser. Hoy los jóvenes que llegan a trabajar a los medios soportan cargas de trabajo de más de 16 horas diarias, por unos pocos pesos, pero les es prometido el paraíso, por eso llegan de las facultades, ellas con las tetas en alto y ellos con la sumisión a flor de piel, y reproducen la conducta de sus “héroes” televisivos porque se sienten tocados por la oportunidad; de esa misma forma se integran acríticamente en la fabricación y falsificación de la imagen social que sus empresas cómodamente reparten y emiten día con día.

El producto de todo esto es una fantasía perversa de lo social tal como la que expresan Las Muñequitas, no es el juego libre de los personajes extraños pero didácticos de El Duende Bubulín (80´s), o la chacoteada agresiva y cariñosa cari-ñera de Cari Cari con Betín (90´s). Lo que padecemos en este momento es el hiperrealismo humorista degradante de Acábatelo, la treta violenta del sinsentido opaco de El Club, la fabulación aceitosa y putibarrial de Las Noches del Futbol, la triquiñuela psicótica con disfráz de entrevista de fondo de Volumen 3…con esta televisión hasta Desvelados de Juan Ramón Palacios parecería el Show de Jools Holland.
Nuestros canales de televisión local son una especie de institución mental en varios sentidos, ahí se fabrican modos de ver las cosas que responden a una subestimación del espectador, pero eso no es lo grave, sino que los mismos hacedores de esta televisión representan un grupo social que actúa a sus anchas para indicar modelos de comportamiento que les sirven de coartada para continuar con lo suyo y explotando ese patrón de conducta como parte de la normalidad en una ciudad de varios millones de habitantes que definitivamente no se ajustan en realidad a esa falacia de normalidad.
Le juegan rudo a sus contextos porque chantajean al espectador, le consideran inepto para luego ofrecerse como su salvación; no es otra cosa el chantaje que practica Benavides cuando hace creer a su sociedad que puede interferir por ellos ante cualquier problema nimio o grande, apelando a un sentido común que por los costados está flanqueado por esa otra programación. Más claro, el realismo responsabilista de Benavides tiene a su lado izquierdo lo dicho de Bezares y al derecho lo dicho de Chavana.

Las televisoras regiomontanas, un hospital de maníacos privilegiados, de intransigentes disfrazados de solidarios, pasillos entricados por donde pasan las nalgas, la payola, la coca, el abuso laboral, entre otras cosas…ahora vestidos de blanco y practicando más exabruptos por las víctimas de Alex, precisamente por eso, por su oportunismo, por sacar la mejor tajada de la tragedia ajena, por hacerle creer a la gente que ellos les representan cuando en realidad están por debajo del nivel de su propia sociedad, ellos aparecen como los verdaderos desamparados, pero cuidado, porque es poder lo que se oculta detrás de ese sinsentido, ya que estas empresas apelan al final a un realismo aún más evidente, son incuestionables, al final del camino se ven a sí mismos como más allá del bien y del mal, creen estar por encima de las instituciones y por sobre las poblaciones.
Por ello se dedican diariamente a tratar de disminuir la vida real de los contextos creando ese imaginario delirante, mientras que en lo económico y en lo político buscan a como de lugar ese aislamiento y ese punto de no contacto, esa no pertenencia que les permite no someter sus decisiones y su accionar a ningun señalamiento, a ningun juicio sobre su forma de proceder. Mientras tanto se ocultan tras sus invenciones que van del personaje del anciano gay disfrazado de conejo rosa o a los trasvestis que leen el futuro, pasando por las hermelindas comadres o al anciano sabio de la tribu diciéndole a los damnificados cómo proceder ante el embate del río. Anomalías televisivas ahuyando por un diagnóstico médico (¿o qué si no parecen desear Burgos, Banzini o Gerardo López Moya?), mientras los empresarios de tales instancias ocupan la zona cero de la política y la ganancia, el desprecio por lo social y las relaciones privilegiadas con las autoriades son en el fondo lo que opera como escenario para la representación de lo perverso.