La miseria de la razón

“La verdad saldría airosa
si por una vez la dejaran
defenderse a sí misma”
John Locke
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Uso el título sin referencia directa al libro de Coutinho (que yo confundí antes con Lucaks por aquello del Asalto a la Razón, quede corregido) , sino sólo porque me permite calificar la actualidad del papel de un grupo específico de intelectuales en Monterrey. El fin de semana pasado en un bar de la localidad, un ex poeta y ex funcionario cultural, me retó a golpes por algunos desaguisados que surgieron luego de unas críticas que le vertí personalmente sobre el papel de la generación de “creadores” e “intelectuales” locales a la que pertenece.
El reto a golpes, que no acepté, me ha llevado luego de varios días de análisis a tratar de situar sobre todo un no-argumento que me espetó en el conato de bronca: “Ahora no me salgas con que eres muy civilizado”.
Hay una sensación general, que creo que se percibe fácilmente en el medio cultural local desde hace cuando menos una década, de que no hay papel que cumplir; se tiene por dado que sólo queda lugar para una pragmática del acato: si no hay ejes que deriven en una ampliación del contorno de acción político-cultural, entonces nos sumergimos en un cinismo pseudo-realista que acompaña nuestros vicios como actores culturales.
Estos vicios como actores culturales pasan por la inacción en el frente más o menos normalizado de la crítica y la grilla, pasan por la defensa de la chamba, evidentemente, y en el caso de quienes han obtenido mejores ingresos en cierto momento de sus vidas después de haber tenido puestos o haber estado al frente de ciertas instituciones, pasa por momentos en que se trueca en una psicología de la indigencia, primero porque no es fácil mantener la capacidad adquisitiva que cuando los tiempos políticos lo permitieron y los privilegios parecían eternizarse, y el tiempo de la beligerancia artística pues se fue con más pena que gloria.
Pero para la derrota indvidual no hay peor realismo que el de la vergüenza, es decir mejor realismo para la sensación de vacío que le acompañará desde entonces; así de contradictorio es: El horizonte que se ha querido reducir a la ganancia de prestigio por la veneración como modelo de acceso y ascenso del intelectual, se torna triste evidencia de un reduccionismo auto infligido al evidenciar el fracaso creacional y la falta de verdadera legitimidad como modelo de la inteligencia (¿no es parte del narcisimo artístico serle necesario a los demás?) y por ende de menosprecio de sí frente a un otro horizonte, más amplio, el campo de batalla que lo ha reducido y obligado a exprimentar la ignominia.
Es extraño que aún y cuando fueron sostenidos por la comodidad de una genealogía que los aceptaba precisamente porque en ellos se constataba (precisamente por artificial); hijos-nietos incuestionantes y por ende incuestionables, se soñaron. Pero desaprovecharon en su afán acomodaticio el chispazo de futuro que con los puestos y con el ingreso no los colocó finalmente en la posición de real significancia: un grupo no muy amplio de esta intelectualidad regiomontana surgida a finales de los 70 e inicios de los 80, se enredó en su privilegio pero no se benfició realmente de ello, quedando atrapada en un cuento revelado glosolalia, la de un poder en pequeñito accesado desde lo subalterno, un anacronismo simultáneo y lo peor, algún dinerito que crece poquito si es que crece, o decrece un muchito si es que de verdad existe.
Por eso algunos quieren extender la miseria de su razón apelando a una barbarie originaria que es de donde surge su deseo instatisfecho de evidenciar la genealogía cultural que nació muerta en sus afanes, fantasma local sin embargo de muchos tan deseado; por eso les reclaman en lo oscurito y bajito a sus congéneres que se equivocaron al elegir la inteligencia y el acto creativo en lugar de la cuenta bancaria elevada cada tanto como se agacha la cabeza ante las órdenes inescrupulosas de sus contratantes, que prefirieron como modelo. Ese es su prestigio, esa es la vergüenza que aflora aún más implacable en la horas etílicas, al cabo que ya mañana y luego de algunas horas de cruda, aparecerá de nuevo el realismo tranquilizante del subalterno que todos llevamos, con orgullo sí señor, muy dentro.