la ciudadanía amenazada en regiolandia: la violencia libre y a la loca.

Por Ángel Sánchez Borges
Poco a poco, desde finales de los años 90, Monterrey se fue convirtiendo en una ciudad con pocas opciones de hacer evolucionar su socialidad; sumergida en su sueño de “ahorrativa, responsable y franca” Monterrey comenzó a padecer no sólo un crecimiento demográfico exponencial sino que no tuvo fuerzas socioculturales a través de las cuales generar espacios de diversidad en su seno que fueran a su vez expresando a la manera de las grandes concentraciones urbanas de su tiempo, lo que sus diversas y divergentes ciudadanías, así en plural, estaban exigiendo.
En lugar de que las instituciones públicas y privadas en Monterrey, incluyendo las educativas mismas, percibieran el fin de los viejos contornos por los que simbólicamente se trazó el mapa de la pertenencia regiomontana, en lugar de que comprendieran que el crecimiento demográfico no sólo exige respuestas infraestructurales y sus subsecuentes nuevos sueños inmobiliarios, inclusive que no sólo exigía modelos de asistencia social y cultural sino que esperaba proyectos que representaran esas nuevas socialidades, que requerían verse como nuevos actores, como parte de un cambio en la acción y en la definición misma de lo regiomontano, en lugar de ello las instituciones como digo se recentraron, se recondujeron al mismo punto central desde donde emanaban sus directrices incuestionables; el del influyentismo opaco, punto ciego por donde al gobierno y a los empresarios se les colaron desde finales de los 90, los lavadores de dinero, los negocios con vínculos criminales, los pistoleros y los extorsionadores.
Por el afán de mantener a raya el concepto de regiomontaneidad y los beneficios acostumbrados a ultranza, las nuevas generaciones de empresarios, que quedaron a la cabeza de los grandes consorcios que fundaron sus abuelos y bisabuelos, que vieron nacer a esta ciudad, estos nuevos capitanes de empresa, sus socios financieros y sus políticos operadores, se embarcaron en sucesivas oleadas de desprecio de su ciudadanía y de lo que podría suponer una opinión pública independiente, que ha terminado por dar lugar a una ciudadanía disminuida, la misma que nada pudo hacer contra la Serie Kart, contra el Forum y hoy en día al parecer se reconfigura hasta cierto punto, contra el nuevo Estadio de Futbol. No hay que olvidar también que en este periodo de tiempo fueron los años de la UANL desfalcada por un grupo de poder que sigue en el poder, de la progresiva desaparición de medios periodísticos, de la pauperización urbana de grandes zonas habitaciones en el primer cuadro urbano y fuera de éste, del repunte de la violencia doméstica y callejera, del desvío de los recursos para cultura y sobre todo del sub ejercicio de los recursos destinados para la seguridad pública: un caos provocado.
Por eso, en los dosmiles, Monterrey despertó de su sueño guajiro a balazos; en los últimos años, Monterrey cuyos empresarios y gobernantes, y por ende sus masas acríticas habían abandonado desde hace décadas sus pueblos, sus zonas rurales, ensimismados en sus centros comerciales y en su pertenencia a los clubes deportivos privados y a sus inversiones en edificios de departamentos encima de los cerros, se dieron cuenta de pronto que estas no-ciudades, estos pequeños ámbitos campiranos se habían convertido en trinchera de los pistoleros que comenzaron a parapetarse pero también a ejercer por todas las carreteras y ranchos la ley del más fuerte. A nadie le importó porque ¿a quién le importa Cerralvo, Bustamante, y mucho menos Juárez?
Si en los noventa los regiomontanos habían utilizado al full sus créditos para traer Volvos, Audis, Mercedes, no relacionaron su falsa nueva capacidad adquisitiva con el abandono progresivo de la acción ciudadana, es decir, fueron desocupando el espacio público, fueron creando recorridos de satisfacción monetaria que sin embargo dejaban intacta la vida cotidiana como generadora de confianza y de corresponsabilidad; en ese hueco se fueron colando no sólo los narcos sino sobre todo quienes vieron el campo libre para ejercer prácticas diversas de influyentismo y de tranza elevada a la n potencia, por ejemplo bares, restaurantes, hoteles y muchos otros giros que hacían ricos a jefes de departamentos de alcoholes, miembros del cabildo y en varias ocasiones a alcaldes mismos, mientras la ciudadanía de clase media se encontraba perfectamente alejada y disimulando, disfrutando de los Casinos, de la nueva “camionetota” , del Dish pirata y del Blackberry.

El destape de la cadena de mando que fomentaba la mordida en Tránsito de Monterrey se ha convertido ahora que el ejército está en las calles, en el destape de cadenas complejas de trabajo sucio dentro de las corporaciones policiacas a varios niveles para asegurar la operación del crímen organizado, pero el reclutamiento de policias por los carteles no es comparable con la tergiversación más aberrante que se haya visto en los últimos años en esta sociedad, las tácticas de sabotaje a la manera de los movimientos de desobediencia civil que han utilizado los narcos en las últimas semanas y que se vieron desde el año 2009 con la aparición de los Tapados. Esto es, cadenas humanas de “lumpen proletariat” y vendedores de “crack” , que ponen en jaque la vialidad creando barricadas en las principales avenidas, bajo la bizarra inversión del “no pasarán” contra las fuerzas federales, apoyados por uniformados adscritos a la seguridad pública callejera: toda una escena, extraño détournement doblemente absurdo, para documentar la vida en el centenario de la Revolución Mexicana.
Pero el fin de estas líneas era desde el principio otro: Uno de los escenarios más insidiosos, que demuestra el cruce de intereses y el tejido de poder más complejo aunque evidente en la ciudad es, recordemos, el futbol. Las principales empresas y los medios de comunicación locales han creado una fantasía contextual, una narrativa identitaria muy fuerte y muy peligrosa al configurar una regiomontaneidad expresa en el apego a este deporte por parte de las masas locales. En Monterrey los consumidores de futbol adquieren bonos por temporada pagados de antemano por los aficionados asegurando estadios llenos, esto lleva a la cuestión de la insuficiencia de espacio y por ende, dijeron, en la necesidad de un nuevo Estadio, que se comienza a “cabildear” por los medios de comunicación y sus conductores comienzan a servir al interés de sus patrocinadores por impulsar dicho proyecto que pretende usufructuar una parte de un pulmón urbano, el parque ecológico La Pastora.
Esto activa una movilización social que si bien minoritaria, en una ciudad acostumbrada a quien nadie chista ante las imposiciones, comienza a hacer ruido a quienes pretenden pasarse por el arco del triunfo cualquier negativa a hacer el Estadio y abre un debate social y una acción ciudadana que ha rendido ciertos frutos, sobre todo aquel que sirve de base: la información, el detalle, la puesta en evidencia de los intereses y sobre todo de las condiciones por medio del cual están coludidos, gobierno, empresas constructoras, patrocinadores y medios de comunicación. Esta urdimbre tolera más obviamente las acciones criminales de los Tapados en las calles, que una negativa ciudadana a subsumirse bajo sus imperativos…curioso.
Ya había antes hablado de la extraña forma en que los equipos de futbol y las empresas tras ellos, habían “tolerado” la “espontánea” aparición de barras o porras como se decía antes, con tintes muy cercanos a la forma en que se crean “grupos de choque”. Había hablado de cómo prácticamente en toda Europa aunque también en Argentina, periodistas independientes habían documentado las relaciones de estas barras con grupos de ultraderecha y nacionalistas, así como la relación que tienen líderes de estas barras con “acciones urbanas” en manifestaciones y en movilizaciones populares. En México está claro por cierto históricamente lo que han significado los “porros” en diferentes momentos, pero la escena de este pasado sábado 27 de marzo del 2010 en el Estado Universitario, es doblemente atemorizante.
En la misma ciudad que un alcalde anuncia la creación de una para-policia, el llamado “Grupo Rudo” de San Pedro y luego se le comprueba a uno de sus miembros nexos con un cartel, a una semana exacta de las barricadas que se extendieron a varios puntos de la ciudad a partir de la balacera en el perímetro alrededor del Tec de Monterrey, que ocurrió a cinco minutos del centro de la ciudad por cierto, hemos vivido un enfrentamiento diferente pero correlacional al otro escenario: barras de “ultras” llamadas Libres y Lokos, que dan apoyo al equipo Tigres, agredieron a aficionados “comunes” en las mismas gradas del Estadio Universitario, a unos metros de la Ciudad Universitaria de la universidad pública más nutrida y quizás más importante del Norte de México. La batalla campal se dio al final de juego en que los Tigres hilaron una derrota más y ante el descontento de la afición en general, los “ultras” defendieron la honra de su equipo a como diera lugar, comenzando un ataque frontal contra los descontentos y sus familias, obligando a los guardias del estadio y a la policia municipal a bajar a los aficionados a la cancha por el temor a ser agredidos también por los cientos de ultras que se adjudicaron el papel de justicieros de la honra futbolística.
Desde otro punto de vista esta batalla campal es una pelea entre ciudadanos, es un enfrentamiento de sectores de la población divergentes, una parte son jóvenes de clase media baja organizados en torno al apoyo exagerado a un equipo, los otros son la generalidad de la población para quienes el futbol es una diversión de tiempo compartido y punto. Pero también desde otro enfoque se podría ver como una descarga colectiva de frustraciones y una muestra de una especie de psicosis colectiva que recorre el cuerpo social. Si el entretenimiento masivo, si el punto de fuga de las exigencias de vida colectiva en una sociedad amedrentada, confundida, desvinculada, se ve invadido por estas mismas cuestiones y desencadena un desfogue social amplificado, malo el cuento, porque todo hace parecer que estamos al borde de una debacle social en Monterrey que jamás imaginamos desde la comodidad de nuestro viejo adagio de: “hombres y mujeres de trabajo”
En Monterrey se decía desde hace años, que las cantinas más grandes de la ciudad, los Estadios, convocaban las pasiones y las frustraciones se hacían a un lado después de 90 minutos, para que luego la masa retornara tranquilamente a sus puestos de trabajo el lunes (luego de que los domingos se les “racionara” el alcohol con el reglamento de horarios de venta). Se decía también que si ganaban los Tigres y los Rayados la semana sería muy productiva para las empresas y los negocios y que si perdían, la merma económica se sentiría. Pero justamente los esfuerzos por encontrar alternativas de entretenimiento, de esparcimiento para el tiempo del ocio masivo que empresas y gobiernos pusieron al alcance de las mayorías, en ese mismo tiempo, fueron desapareciendo de la realidad y del imaginario de optativas en la mente de la regiomontaneidad, incuso el Forum puso una alerta que nadie aprovechó, la gente quería otras cosas, y respondería en masa para aprovecharlas, pero la resaca después de esos meses del 2007 , fue reconducida de nuevo al “eterno mito” de “la mejor afición de México”.
No exagero, quienes vivimos en Monterrey, lo tenemos claro, cuando escuchamos día y noche por la televisión y el radio, el “emperramiento” de construir un nuevo Estadio, expreso en las voces del merolico en turno; cosa que ha llegado a niveles bastante más peligrosos que la batalla campal del sábado pasado, ya que inclusive conductores de televisión con alto rating como Roberto Hernández Junior, han asuzado a los “ultras” a que defiendan a capa y espada la construcción del recinto, mofándose de los ecológistas, burlándose de los políticos que han escuchado a la población y creando “sketches” sardónicos de apoyo incondicional a la empresa que estaría construyendo el Estadio. Pero lo más grave no es eso, sino que en algunos momentos habrían expresado frases que instarían a cierta población, similar a la de los Libres y Lokos a generar sozobra y agresiones contra estos grupos opositores al proyecto.
De tal manera que lo que ha sucedido en el Universitario debe de analizarse con sumo cuidado y generar una acción colectiva de auto protección y de constante alerta; es hora de que el aficionado común, los gustosos del futbol en sus cabales, abandonen los Estadios cuando sus equipos no estén funcionando, y les apliquen la regla básica que se aplica en Guadalajara o D.F. (ciudades que tienen una gran oferta sociocultural para competir el fin de semana en las preferencias del uso del tiempo de ocio en sus poblaciones): cuando no hay diversión en el futbol, no ir a verlo, no pagar por mediocridad deportiva. Eso aislaría a los ultras que se verán en solitario defendiendo una causa y una empresa fallida que deberá de prender los focos de alerta en los inversionistas y patrocinadores quienes se verían obligados primero a ofrecer respeto a sus públicos y luego calidad en sus ofertas.
Pero lo más importante es que la ciudadanía local, comienze a darse cuenta que el atolladero en el que está, puede ser remontado a través de los mismos usos y costumbres, pero replanteados, que podrían tomar cauces de exigencia y de amplitud de los contornos usuales hacia una lógica ciudadana de autoreconocimiento, de vinculación y de confianza, que trace rutas y que no se repliegue; que amplíe las figuras de convivencia social en las calles, en los cafés, en las plazas públicas, que redescubra y plantee nuevos accesos a la oferta cultural, todos los días de la semana.
Un ejemplo vivo de que la generalidad no se traga fácilmente el engaño, es que el Gobierno Estatal y el priismo local, tuvieron que “amenazar” a sus trabajadores y empleados de dependencias (conmigo o contra mí) , para que asistieran este domingo a la marcha por la seguridad a la que convocó el gobernador Medina, en una acción más propia de un presidente de sociedad de alumnos de prepa, que de un gobernador. La gente no se tragó la marcha, los estudiantes que se manifestaron en recuerdo de los abatidos la noche del 18 de marzo lo encararon, otros, más ludicos, crearon el proyecto de apoyo a una institución benéfica con una Marcha de Zombies y un concierto de Punk local que justamente aborda lo que en las líneas anteriores sugiero: reactivar las calles con una vida cultural en común.
La madriza colectiva del sábado pasado es un ejemplo de lo que podría estarse viendo muy pronto en otros ámbitos públicos de la ciudad de Monterrey, es el punto de partida de algo que podría convertirse en una polarización social inédita en lo expreso, porque definitivamente sabíamos que existe esa polarización, pero nadie la había despertado ex abrupto; ya se había manifestado en la agresión a miembros de la Ucrem, se palpó claramente los dos días de barricadas, y el año anterior con los bloqueos, pero no se había mostrado tan desnuda y tan maginificente como en las gradas de un Estadio ante decenas de miles de personas; es una alerta para que reforzemos la socialidad y no caigamos en la provocación, porque justamente esto puede estar orillando al ciudadano común a radicalizarse de la misma forma, lo que traería consecuencias desastrosas para una ciudad prácticamente en el hoyo.
UN INTERESANTE ARTÍCULO QUE RESULTA MUY SIMILAR A ESTE LO ESCRIBIO DIEGO PETTERSEN HOY PARA EL PAÍS