EL MIEDO A LA MUERTE EN EL ANONIMATO DEL ARTE REGIOMONTANO

Por Ángel Sánchez Borges
Aunque el asunto lo estaré tratando con más detalle en mi nuevo artículo al que llamaré “Cultura Sorianera” y que estoy trabajando con ahinco al mismo tiempo que la segunda parte de la “desolación de las élites” , hay dos cosas que suceden en este mismo instante en Monterrey que me llevan de nuevo al desasosiego y que tienen que ver con las declaraciones de Mario García Torres sobre su obra en Marco y la inminente exposición de Oswaldo Ruiz en la Fototeca de Nuevo León.
En un arranque de pedantería García Torres declara este jueves 11 de marzo a El Norte que ve como su carrera se acerca poco a poco a la pérdida de anonimato, ¿quiere decir algo así como que su figura acabrá siendo reconocida de tal forma que se convertirá en una superestrella del arte al que los paparazzi no dejarán ni siquiera pensar sus obras? Mario sigue con una especie de actitud rockera subestimando su alrededor al decir que el lucha con los espacios que exhiben su obra porque pretenden enfocarse en su personalidad y no en su trabajo, y por cierto que él sólo aspira a ser una persona común y corriente que hace arte.
García Torres ha logrado posicionarse en el mundo del arte internacional, invitado a exponer en instituciones importantes y ha manifestado abiertamente sus críticas al Marco y a la forma en que se dieron las condiciones para la exposición que reune a varios artistas de su generación en este momento en el museo regiomontano. Pero finalmente aceptó estar y en todo caso validarse en esta exposición, momento entonces en que su dignidad desaparece y quizás agrava su pertenencia al anonimato porque en todo caso podría verse como un “bajón” en sus logros, pero no, él como los demás han visto la oportunidad de legitimarse localmente con esta participación, demostrando que cae más pronto un hablador que un cojo.
¿Por qué los artistas que obtienen logros fuera de Monterrey necesitan tanto Monterrey para poder mostrarse como artistas? ¿Por qué necesitan estan tribuna de desatentos y desinteresados para excusarse? ¿Por qué están dispuestos a pagar su propia inserción por exhibir en Marco , como lo están haciendo Oswaldo Ruiz, Mario García Torres, Adrián Procel, 3er 1/5 y Rubén Gutiérrez? ¿Para salir en El Norte? ¿Por qué aceptar todas las condiciones de un museo que recibe 10 millones de pesos anuales y no puede ejercer un programa de divulgación y promotoría de las supuestas artes de carácter internacional que surgieron, surgen y se viven en esta ciudad?
Siempre he pensado como desvergüenza el autopromoverse y autovalidarse en el pobre contexto local, como lo hace constantemente Rubén Gutiérrez que una vez que ha ganado los más importantes concursos a nivel nacional, siga peleando por una bequita de Financiarte y siga metiendo obra a la Reseña de la Plástica de Nuevo León, no sólo dando a ver una falta total de dignidiad y por otra un desconocimiento de que para una carrera, bloquear los pocos caminitos que quedan dentro del pueblo, lo único que demuestra es justamente la pequeñez de sus ambiciones y la reiteración de las condiciones de bajeza en la que ha caido la aspiración artística local.
Un punto ciego en el horizonte, cuando “triunfadores” quieren a toda costa salir en la foto o verse como respuesta del final del camino, avalados por un puñado de admiradores y otros tantos seguidores, más jóvenes artistas que ahora sólo ven como modelo a gente como García Torres y Gutiérrez antes que establecer sus propias fuerzas para luchar en sus propias lides, temporales y contextuales, algo así como el incremento de mujeres guapas que entran a las escuelas de comunicación con la aspiración de convertirse en algunos años en las nuevas conductoras de los programas matutinos de la tv local o de plano de ser la siguiente diosa del clima.
Una anécdota de una situación que se dio hace dos semanas. Un miembro del Sistema Nacional de Investigadores que trabaja para la UANL, leyó una nota en El Norte en donde se aludia a la adquisición de obra de 39 artistas, por parte del Estado; el problema es que la nota no decía que eran 39, obviamente no mencionaba a todos sino a unos cuantos, pero el científico le hacia notar en una carta a la reportera Lourdes Zambrano que ni siquiera había dicho que eran 39 en cantidad, y le insistía en que le explicara el criterio por el cual mencionar a 6 o 7 ; ella le responde que son quienes tienes carreras más consolidadas. Él insiste, ¿quién determina eso? ¿los nombres que le suenan a Zambrano? ¿desde qué punto de vista estamos en la ciudad seguros que alguien tiene o no una carrera consolidada¿ ¿Desde los logros internacionales de García Torres o desde la exposición anual de Geroca en el Café Brasil?
Nos seguimos contando la misma mentira, seguimos satisfechos con un proceso de autorreconocimiento bastante chato, seguimos repitiendo cantaletas que el mismo paso del tiempo ha ido desmintiendo en una sociedad de millones de habitantes respecto a los cuales, los círculos artísticos han visto reducido sus espacios de injerencia y sus reales formas de inserción, cuando debería ser al revés, es decir, que el mismo sentido de diversificación hubiera llevado a las instituciones y a los creadores a remontar viejos límites y derivar en una ampliación del campo e batalla, tanto creacional como de promotoría, de tal forma que estuviéramos viviendo el tiempo de varios Gutiérrez y de varios García Torres redimensionando una apertura creacional “glocal”.
Pero no, ni siquiera existe la mínima conciencia de la reiteración, como el hecho de que ninguna institución seria hubiese programado una exposición de un artista que está al mismo tiempo exhibiendo en otro museo de la localidad, como el caso del Centro de las Artes que hoy mismo, 11 de marzo del 2010, inaugura una muestra de Oswaldo Ruiz cuando este sigue colgado en Marco. El mínimo sentido de orientación, es decir, el mismo paradigma del uso de lo geográfico para integrar un discurso cultural impide pensar que en el perímetro de ni siquiera dos kilómetros que aleja el Parque Fundidora de la Macroplaza, pudiera estar reiterando el discurso de un mismo artista.
Y más aún, ¿por qué un artista se presta a tal descompensación? Porque esto no opera en beneficio de la obra de Ruiz, opera en sentido contrario, se devalúa la credibilidad de una obra que se sobre expone, no entienden los artistas que una vez que se legitiman en un espaco específico, viene un remonte, viene al demostración de un ascenso o mínimamente de empezar a jugar en otro nivel del sistema; es ahí en donde hay que mostrar la dignidad, es ahí donde hay que demostrar que no dependen solamente de la visión pequeña de las instituciones sobre su contexto, es ahí en donde el artista debiera decir, no gracias, hasta dentro de un año y con una obra completamente diferente quizás vuelva a exponer en la ciudad. Más risible resulta pensar que cuando se menciona que Oswaldo reside en Londres, entonces automáticamente se justifican sus dos exposiciones simultáneas.
Los dos casos, que por cierto vienen hoy muy bien expresos en las páginas de El Norte, el de Mario García Torres y el de Oswaldo Ruiz, son dos caras de la misma moneda; artistas que están operando una búsqueda de legitimidad como creadores en un contexto en donde no hay contexto, vaciados en el aire, solitarios en su soliloquio, ignorados en su genialidad, discurriendo como si hubiese interlocutores que no les respoden porque no están ahí atestiguándolos, se desdibujan a sí mismos, se colocan en el grado cero de la pertenencia, porque están sólos y no se atreven a reconocerlo, a perderse en la homogeneidad de la industria cultural a la que aspiran en Londres o en Nueva York, y olvidarse de su ranchito querido, porque en el fondo perciben esto como una muerte, y se entiende, no se atreven a ser anónimos de verdad, como dice el poema de Pessoa: irse, irse, irse de una buena vez.