Elogio de la banalidad (breve apunte)

Ayer ví esta foto en el wall de mi amiga Pat Nuñez y reí mucho pero en la noche activó una reflexión sobre la cultura en nuestros días, además que incitó una crítica, por demás hecha por mí y mis amigos a cierto sector de los “creativos regiomontanos”, el primer punto era cómo en el seno de la banalidad de la música pop se desprende la reactivación de una crítica socio-cultural hecha por las masas y en qué sentido estar en el márgen “por fuera” del discurso de esa banalidad pop ha alejado a la “inteligentzia”, no sólo de la posibilidad de una verdadera activación post crítica, sino presas de un “costumbrismo conceptual” o “trampa voluntarista-procesual” su creación artística ya no puede alcanzar la constante redinamización de esa banalidad cultural que el mercado si ha aprovechado y que lo ha hecho reforzarse de tal manera que las “clases creativas” que no saben la diferencia entre John Lydon y Kurt Cobain o entre Kool DJ Herc y Diplo, tienden a reforzar y peor justificar políticamente el quietismo y la imposición del discurso cultural institucional y su cartografía inmóvil.
Desarrollaré estas ideas en un ensayo que estoy escribiendo sobre Reconfiguración Urbana como Circuit Bending Cultural. Unas líneas de reflexión serían:
*La idea de una “urbanidad” por reconfigurar constantemente al modo del “circuit bendin g”
*circuitaje-recircuitaje-contextual.
*conexión-reconexión-permanente.
*el hogar en un tiempo y espacio postfuncional, postcostumbrista y postdecorativo.
En donde se abren las posibilidades de:
Un urbanismo desplegado a la vez hacia el interior y hacia el exterior en oposición al modelo de la transformación-imposición de reglas inmobiliarias.
El hogar post-funcional y post decorativo sería la expresión de un ámbito nodal en redes destinadas a la reconfiguración permanente del espacio público y la conversión del espacio íntimo en un all-in-one interactivo.
Pero por lo pronto, el anuncio con la imágen de Lionel Richie me sirve para ejemplificar precisamente cómo en el seno de una especie de “pensamiento post crítico de la generalidad” se gesta, aunque en el nivel primario del humor, esa reconexión con el problema de la “valoración” que no valor cultural , una valoración practicada por y en la generalidad y la eficacia-ineficacia del cuestionamiento óptimo-no óptimo de la distribución del sentido de los objetos culturales, en el cual se enfatiza la pérdida de relevancia de la acción política del arte y al mismo tiempo se cuestiona la creación artística como circuito sistema cerrado de imposición de relaciones histórico-contextuales que es posible dejar de lado en relación con una especie de “vitalismo no heróico” en oposición al voluntarismo-accionista de la “intervención” estética sobre la realidad.
Después de todo la colusión entre los objetos nómadas de la tecnología de redes, el hogar móvil y la producción-reproducción-confusión entre historia colectiva, vidas individuales-afectos consumo y consumos estetizados-sentimentalizados orienta cada vez más la activación-desactivación de esas cartografías-flujo y como lo relata Suely Rolnik en el artículo que postee en Facebook de E-flux:
…in order to resurrect the will to live and the pleasure of thinking, it is always possible to bring desire back after it breaks down. And, what is more, that this gift appears where one least expects it—in a simple pop song.
El mercado como una película de horror sobreactuada
Pero el mercado se reposiciona constantemente a partir de la sobre estetización del todo contextual, como el ejemplo de la revista Vice; el vínculo entre el branding de firmas de productos y bienes culturales dirigidos a la juventud, coincide claramente con la comprensión de la emotividad urbana y los flujos energéticos de representación-emisión-innovación callejera, devenidos una vez más en objetos “pre-post-artísticos-y-no-re-de-contextuales” (entiéndase lo ridículo del calificativo) , eso sí vistos post críticamente, (ni apocalípticos ni integrados, simplemente acontecimientos) acompañados precisamente por la sensación general y consuetudinaria de un empobrecimiento general de la “cultura masiva” vista como una posibilidad siempre cambiante y siempre abierta y aceptada sobre todo por los mismos actores sociales que ven esto ya no como una “producción cultural” evolutiva-constructiva y relacional, sino como un elemento dado, caricatura de lo generativo-regenerativo espontáneo en donde las dinámicas son adjudicadas a la misma saturación de posibles objetos y efectos producidos por el sólo mercado, es decir, que sólo pueden tener significado si son acompañados a la misma velocidad con que se suceden, por el mercado que es quien posibilita esas velocidades, por cierto aceleramiento que impide la puesta en juego diferencial de los ritmos con que aparecen o se suceden las diversas realidades, un flujo aparente en donde la hiper sacudida hace aparecer las cosas en movimiento cuando en realidad están fijas en un punto.
Porque esa es la única forma en donde se decidirá qué nueva ocurrencia callejera puede o no puede ser producto cultural juvenil, pero aún más, qué emotividades-antiobjetificadas cumplen el papel de sectores falsamente desterritorializados y desposeídos que vivifican el eterno repositorio de la renovación cultural aún no expresa y explotada mercadotécnicamente. Vice nos parece el elemento contractual por el cuál las fuerzas del mercado son revolucionarias precisamente en su desposeímiento, es un chantaje con el pastiche de la perdida del valor cultual a todo nivel, porque ahí ni la moda, ni la mercantilización del arte, ni el privilegio de las sociedades de alto consumo son ya válidas, Vice nos presenta un mundo en el cual el tatuaje, las bicicletas, la glosolalia y el periodismo de guerra conviven como una perfecta coartada patrocinada por marcas de ropa y cerveza que utilizan el callejón sin salida de la violencia barrial y las orgías de indiferencia sexual practicadas por adolescentes flacuchos como una forma de recordarnos que la revolución aún late en las fotos de Facebook que aparecen cada fin de semana, de tal forma que todos las deseemos “producir” como realidades en flujo, al modo en que se crea hoy un vídeo de YouTube.
La supuesta anti-producción y anti-objetificación del nuevo consumo es en todo caso un tipo muy peculiar de post-producción en el sentido que le da Bourriaud, nos devuelve con una carcajada macabra un revoltijo actualizado y monstruoso, sobresaturado y sobreestetizado, de desterritorialidades que fueron verdaderos logros contra la cultura masiva de las últimas décadas; por el mismo desfiladero se va el periodismo independiente, el fanzine contracultural musical, el comic bizarro, los comportamientos anti-estéticos pero sensitivos de las calles como el de los patinetos, o el de las mil y un bifurcaciones de las tribus urbanas, etc. De tal forma que la misma democratización del gusto y las codificaciones re-codificaciones constantes de los mensajes populares masivos en la batalla cotidiana de los contextos, son descodificados y recodificados en un amasijo frenético de desvaloración, desapego, ridiculización y parodia exagerada, ¿con el fin de hacernos desistir de la posibilidad emancipatoria concreta que contienen por el simple hecho de hartarnos de ello por habitualidad?