LA TRISTE HISTORIA DEL CENTRO DE LAS ARTES Y EL DESALMADO PARQUE FUNDIDORA

Por Ángel Sánchez Borges
No hay peor memoria que la que no se tiene, y en el caso de la corta pero terrible historia del Parque Fundidora queda claro que en nuestra ciudad, los recuerdos de lo absurdo acontecido, se diluyen, tal cual jamás hubiesen formado parte de nuestra realidad. ¿Quién tiene la fuerza para recordar los años de la pista de carreras que flanqueaba el terreno conocido como Parque Fundidora? Aunque finalmente haya desaparecido dicha pista y el evento que albergaba anualmente, la verdad es que su simple existencia debe servirnos de índice para trazar una historia de abusos a los que el gobierno y privados han sometido ya durante 15 años ese espacio público de la ciudad que jamás a adoptado la vocación por la que se supone fue edificado, o adecuado, más bien dicho.
Me propongo aquí, no analizar paso a paso la historia y las cuestiones que han afectado desde su fundación el famoso parque, sino de alguna forma trazar una serie de ideas sobre la relación tergiversada que mantiene dicho espacio público y la gravedad de que el llamado Centro de las Artes de Nuevo León flote en su interior, casi como un apéndice que al mismo tiempo no cumple su cometido por estar integrado a un proyecto sin vocación real y que ha servido en parte de botín, en otra parte de distracción política y hoy se debate entre ser una especie de basura industrial optimizada y un ágora vacía y sin función reconocible; de paso digamos también, un nuevo feudo y su respectivo, pequeñito señor feudal.
No hay mucho que agregar a la parte de la historia que tiene que ver con la pista de carreras, la opinión pública señaló hasta el hartazgo el absurdo de su instalación y quienes la hicieron se salieron con la suya a pesar de que el negocio que prometía se vino a pique en un par de años, y los siguientes, solamente se dedicaron a cumplir con los contratos de la famosa serie Kart muy por debajo de sus propias expectativas, años que el Parque se mantuvo cuasi sitiado por la famosa avenida interior.
Ya recordé en un artículo anterior también que fue bajo la gestión de Alejandra Rangel como presidenta de Conarte, que fue posible la reactivación de las naves que hoy albergan el Centro de las Artes y también bajo su gestión que las empresas involucradas en su remodelación se vincularon para llevar a cabo el “sueño” de una Cineteca y una Pinacoteca estatales, que significaron prácticamente el paso triunfal a la historia cultural de nuestro estado, tanto de la señora Rangel Hinojosa como de la propia institución cultural pública.
Pero desde aquellos años, una administración independiente de la vocación cultural de las naves, imponía las reglas tanto a los usuarios como a los administradores del Centro de las Artes, en relación al estacionamiento, los horarios, el tipo de eventos exteriores, como en el caso de la programación de los espacios que debía ceñirse “indoor” porque de lo contrario tenía que pasar por la autorización de la administración del parque quien jamás vió con buenos ojos el Centro de las Artes. Esto desencadenó también que desde un comienzo este centro se convirtiera en un fantasma prematuro; que pasara desapercibido para la generalidad, que no sirviera como recurso cultural cotidiano, sino como una excepción, cosa que finalmente lo ha mantenido aislado, escondido y a sus directivos atrincherados y fuera de la vista. Pero sigamos con lo otro para volver a esto.
El gobierno y algunas empresas operaban y operan como dueños el Parque Fundidora, no como si fuera un derecho sino como un servicio, porque desde un principio jamás ha quedado claro el término bajo el cual se adquirieron esos terrenos, o cuando menos, si se caracterizaron como terreno públicos, se sabía de antemano, por el solo hecho de haber pertenecido a una empresa privada, que los planes iniciales no pasaban solamente por el interés social de un pulmón urbano, sino que conectaban con el plan mayor de venta y renta de zonas del amplio terreno a concesionarios y otros inversores que poco a poco se han ido instalando dentro y fuera del espacio.
El propio plan del Paseo Santa Lucía lo hacía evidente y una vez realizado este paseo ha quedado claro que los planes se están ajustando a la medida en que se trazaron en los años noventa. De Cintermex y el Hotel Holiday Inn, a la Arena Monterrey, del descampado que como oferta de fraccionamiento y muestra de lotes, operó el Forum de las Culturas para las zonas aledañas a la Avenida Félix U. Gómez, al reciente plan que ve ya inminente la llegada de las retroescavadoras desde Florencio Antillón a Washington; de la promesa de un mega centro comercial y la Torre VIP que realizarían ahora sí, el tan ansiado nuevo centro de la ciudad, accesible en lancha. Para eso sirvieron esas administraciones de la última década y media, lideradas por gerentillos, en el Parque Fundidora, porque el negocio se hace arriba, con toda la desfacahtez del mundo, aquellos sólo servían de contenedores, de imágenes públicas, pero la decisión no está siendo pública, la injerencia no se comparte un ápice, y nadie está alerta porque nadie conoce en qué terminos se maneja, de tal forma que todo se decide de facto y todo se opera de facto.
En unos años todo el espacio que va de los Condominios Constitución a la “Y griega”, y de Constitución a Colón, será no un pulmón urbano, sino un complejo infraestructural con significado escenográfico de nuevo “downtown”, pero bien lucrativo, es por eso que como hemos advertido, las últimas dos décadas han significado el deterioro y el abandono, la pérdida de relevancia sociocultural de los espacios tradicionales o tipificados como Centro de Monterrey, que quedarán después de esta operación inmobiliaria, desplegados en los alrededores de esta nueva “little post-city” , como una “little-suburbia”, o peor aún, como una periferia en escala, como un dormitorio de trabajadores de la pequeña post-ciudad, una maqueta tardomoderna injertada, rodeada de un cinturón de pobreza maquillado con los diversos difraces de barrios históricos (antiguo, obrero, premoderno, moderno, etc.)
Después del Forum de las Culturas, la relevancia del Centro de las Artes se prefiguró de diferente manera, por una parte se ha ampliado su injerencia en el interior del Parque, porque muchas de las nuevas naves remodeladas y dispuestas, oficialmente formarían parte del Consejo Para la Cultura y las Artes de Nuevo León, pero en lo práctico, estarán siendo administradas por el Centro de las Artes, es decir, hoy por hoy, estarían en manos de Reynold Guerra. Estas nuevas naves son a la vez una carga para el proyecto del propio centro, porque suponen una tarea aún mayor a la realizada para las dos naves originales (cineteca y pinacoteca) y si bien no se ha podido al paso de los años, darles un verdadero y constante uso a estas dos naves, hoy crece la duda de que sean capaces de dar a los demás espacios una función que nos permita verlos aprovechados efectivamente, y beneficiando a la población con sus programaciones y sus actividades.
Pero hay otra cosa, son también la muestra del surgimiento de un nuevo control político por encima del Conarte, que operaría un grupo de personas que se manejarían en paralelo del organismo cultural oficial. Es decir, se sabe de los planes propiamente inmobiliarios en los alrededores y al interior del Parque Fundidora, pero al mismo tiempo se tienen nuevos espacios con una supuesta vocación cultural, que amalgaman la función de la nueva “little post-city”, es la coartada perfecta: negocios, servicios, comercios, nueva infraestructura urbana, y por otro lado museos, centros de esparcimiento, plazas, recintos para el accionar cultural, en suma, las dos caras de la moneda unidas en un mol de dimensiones excepcionales.
Sabemos quienes están detrás de la jugada inmobiliaria, pero ¿sabemos quienes están detrás de la jugada supuestamente cultural? ¿Es el nacimiento de esta nueva pequeña ciudad el anclaje de grupos de poder que no sólo desmovilizarían lo poco que queda de espacio público urbano sino también que remontarían por los costados a la institución cultural pública? Veamosolo más en detalle, sabemos lo que significa el injerto de esta pequeña nueva ciudad, simbólicamente es crear un espacio público a la altura de los deseos de vida de las élites más o menos representativas de Monterrey, en donde tendrían cabida los ciudadanos porque se les presenta esta innovación como la construcción del sueño urbano general, un poco como cuando se creó la Macroplaza, pero mientras esta tenía aún el símbolo del poder público, por eso estaba flanqueado por las propias instituciones políticas y terminaba en el Palacio de Gobierno, en la ciudad de los poderes de nueva generación el control está en la Torre VIP, no al fin del recorrido, sino por encima, en una vertical que tiene el panorama completo de lo público y lo privado, que fluye por los canales y por las vías del parque, y está representada en el ir y venir identitiario del consumo y del ocio, entre las tiendas de moda y los restaurantes, entre las fuentes y el museo, pero no en el reflejo de lo ciudadano en sus instituciones.
El que caminaba por la Macroplaza en los años 80, usaba el parque como una plaza pública, delimitada para el disfrute del ocio que proporcionaba el parque en sí, pero cuando cruzaba la calle y salía del parque, primero estaban los edificios gubernamentales, el teatro público, el municipio, el gobierno estatal, el poder legislativo, la biblioteca pública y los museos, luego los comercios y la zona de consumo, más adelante, la ciudad se reencontraba con sus casas, con las avenidas que proporcionaban la salida del “downtown” hacia los espacios habitacionales.
En el nuevo centro de la ciudad que este año se comienza a construir, la cosa va por otro lado; primero que nada no está caracterizada como un “centro” nuevo que amplía el ya existente. Se trazará como un “no-centro” como un punto de fuga, como una ciudad pequeña en sí, como un privilegio funcionalista, enmedio de un aglomerado de espacios urbanos que no representarán sino una especie de caminos que confluirán no en un punto de llegada, que sería de nueva cuenta la referencia a lo público, sino en este punto de fuga, desde donde ya no es posible recuperar la ciudad y donde las identidades son todas menos las de lo ciudadano.
Debido principalmente a que los espacios que flanquearán este punto de fuga, hoy por hoy acusan un deterioro, son vistos ya como zonas destinadas a la amplificación de la nueva pequeña ciudad y son motivo de proyecciones a futuro que las ven en su detrimento, con buenos ojos inmobiliarios para trazar la ampliación.
Se comenta por diversos lados, sólo como ejemplo, que el propio Tec de Monterrey está en este momento viendo con muy buenos ojos el deterioro de la zona de la Colonia Estadio para comprar casas, valorándolas más bien como posibles terrenos para edificar nuevos complejos habitaciones que serían ofertados a estudiantes foráneos e incluidos como parte de paquetes educativos, es decir, que permitirían al estudiante por un mismo precio estudiar una carrera en el Tec y vivir en dichos edificios, siendo esto una salida a la crisis que padece la institución en relación a la matrícula.
Es en el contexto de esa pequeña nueva ciudad, que el Centro de las Artes de Nuevo León, y su injerencia ampliada dentro del área del Parque Fundidora representa una cuestión que es necesario ir dilucidando y una realidad que hay que ir observando con detenimiento. Y es que como dije en otro artículo, la llegada de Reynold Guerra no es casual en el contexto del fin de la carrera política de su mentora Alejandra Rangel, quien a través de Guerra, operará políticamente el reclamo de su ascendente en relación a la construcción del Centro de las Artes de Nuevo León.
Insisto en ello porque tenemos que hacer un análisis detallado de lo que esto significa. Al verse imposibilitada al ejercicio de lo público, y quizás realmente por no desearlo, Rangel está permitiendo con su reclamo de ascendencia o de preeminencia , que el Conarte se ponga en jaque, y como lo veremos en breve cuando Reynold lance lo que se supone será su gran proyecto al frente del Centro, se comenzará a operar el desborde por los costados de la autonomía de la dirección del Centro respecto al organismo oficial que es Conarte.
La cosa es que cuando se avisoraba el cambio de administración, la gente del medio cultural albergó la esperanza de volver a reconstituir Conarte, sobre la base del modelo de las mesas de dsicusión que dieron origen al organismo, mesas que llevaron a Rangel Hinojosa a la presidencia, o cuando menos eso creímos por conveniente en aquel momento, pero curiosamente ahora Rangel no se pronunció por ello mientras aún pensaba que sería reiterada en Desarrollo Social; pero cuando no lo fue, tampoco se pronunció y calladita se fue a su casa porque de alguna forma sabía que en este momento no era conveniente establecer una jugada más o menos abierta a la opinión pública sobre la necesaria renovación del organismo, prefirieron jugar las cartas desde los pasillos y las mesas del poder.
Insisto en todo esto porque nadie quiere observar de frente el asunto, Reynold Guerra, acompañado de Katzir Meza, quien representa en el ámbito cultural al grupo de poder que está haciendo la jugada inmobiliaria respecto al Parque y sus alrededores y que fue la pantalla en el Forum, detrás de la cual siguió operando el equipo del cuestionado Gastón Melo, están quebrantando la institucionalidad, desde adentro, e integrando la coartada disfrazada de Conarte, para que el Centro de las Artes sea la sede real del poder cultural de Nuevo León.
El Centro de las Artes dejará en breve de ser el apéndice que todos conocemos, pero también al mismo tiempo se erigirá por encima del Conarte, que dejará de tener la mínima importancia que tuvo siquiera en el pasado, no olvidemos que desde el Forum se le minimizó a comparsa, y que ahora será reducido a una serie de oficinas medio activas que para colmo de males están ahora ubicadas en el patio trasero de la vieja plaza pública, ya no tienen lugar en la “new city” ; la disolvencia de la Ciudad de Monterrey que conocemos, para bien o para mal, apenas comienza y lo peor es que a casi nadie le importa, no se trata solamente de rescatar aquello que quizás no tenga remedio, sino de reflexionar acerca de las reale posibilidades que esta urbe aún tiene para sanear un tanto cuanto una vida que se ha venido poco a poco a flote, pero lo más curioso es que inclusive, esa gente que durante los últimos años operó proyectos sociales de inclusión y aparentemente lucharon desde las oficinas públicas para reconocer la marginación, apoyar a las víctimas de la violencia cotidiana, tratar de integrar a los jóvenes de todos los ámbitos en los contextos y reducir la brecha económica, está a todas luces colaborando para el aseguramiento y la separación; desde su obediencia a los poderes verticales y por cidrto a su ambición permanente, truncando la reconstitución de lo público y fortaleciendo la reelitización constante de toda acción política.