Macedonio González: una valoración pendiente*
Por Ángel Sánchez Borges

La palara se maneja con ayunos; nunca se come
pues es amarga y hueca. Su dieta conduce al
delirio de grandeza y también al crimen.
Macedonio González, Encerrado en la sonrisa de la vieja
Incluir a Macedonio González en una exposición sobre arte y pornografía en Monterrey es un tanto cuanto motivo de vergüenza; sobre todo porque su obra realizada desde hace 20 años, permanece bastante desconocida en la propia ciudad en donde la generó y si existió aquí un artista, en este caso un poeta, que exploró realmente con un toque excepcional una liteatura explícita en su contenido sexual y con un manejo inteligente de la palabra obscena fue justamente Macedonio; la exploró no sólo en cientos de textos y decenas de libretas llenas de apuntes, en poemas publicados y en dos libros únicos en el medio literario local, uno de los cuales tiene aquí mismo el espectador para corroborar lo que explico, sino que también lo hizo en performances (tomó la hostia por el culo en Artes Visuales de la UANL o su celebrado acto del plato roto que repitió muchas veces) y en el trajín del día con día, por las calles y en los cafés, Macedonio González solía crear de pronto refranes, aforismos, insultos poéticos, llenos de vergas, culos, tetas, cuchillos, sangre, lunas, noches, etc. surgidos de una conversación cualquiera, luego de un aspaviento y/o un enojo.
Macedonio era un poeta de tiempo completo, una especie de John Fante, Bukowski, Capote, Apollinaire y Brodski ¡ a la vez ! pero auténticamente callejero, un aparente “homeless” hipersensitivo que hablaba basura y la transformaba en fábula, en opúsculo, en caldo de cultivo filosófico. Si habría que encontrar por las calles a un poeta urbano maldito, a un verdadero creador en el tiempo real de la ciudad, nos encontraríamos desde finales de los 80 a Macedonio. A menudo sus cuentos y poemas aparecían como ocurrencias en la mesa del Café Arte, del Sanborns o del Reforma, muchas veces surgieron frente a la mesa de la televisión en la casa de César Valdez viendo una telenovela; terminaban bajándole al volúmen del televisor para que Macedonio les pusiera palabras a los actores, construyendo una trama de engaños y traiciones, con un lenguaje soez que de pronto se transformaba en un devaneo cuasi homérico.
Macedonio solía retar con el lenguaje a todo aquel que lo escuchaba, lo hacía con palabras claras y retuercanos obscenos, payaseaba mucho sí, pero a la vez desplegaba un juego de nociones que picaba crestas no sólo cual alburero y ordinario que se expresa con peladeces, era más bien como si un común y corriente pueblerino nuevoleonés pudiera actuar de pronto el papel de un insidioso Sócrates que iba del entramado de absurdos y cierta dósis de pornografía a la iluminada reflexión sobre la verdad de las cosas escondida tras la perversión de sus personajes; de pronto de una narración sobre un comprador de sexo en una calle ficticia de Nueva York y una mamada en una esquina, se desprendía una estimación sobre el estado espiritual e inclusive político social de las cosas. Y no era casual, Macedonio González conoció de cerca el sindicalismo norteamericano cuando fue taxista en Nueva York, en donde vivió en los años sesenta imbuido en el mundo que dio lugar a la nueva novela y poesía norteamericanas, militó en el Workers Party así que se empapó por igual de las revueltas que del ámbito que dio lugar a la Factory, embebido en la sordidez de “la city” pero ocupando también su tiempo en las bibliotecas públicas.
Para agregarle, ya en los mismos años 60 Macedonio fue alumno en el DF del director de teatro Seki Sano, maestro de grandes de la escena teatral y cinematográfica mexicana, como Arau o Ignacio Retes; así que imaginen a una especie de desterrado que llega a Monterrey con pinta de viejo homosexual libidinoso, que nadie sabe si son verdad o mentira las anécdotas que cuenta sobre su pasado como prostituto y que a inicios de los noventa se pasea por las calles del centro de la ciudad más parecido a un teporocho que a un intelectual, que comía en los buffetes del Crown Plaza o del Ancira horas y cantidades exorbitantes de comida, hasta que le fue prohibida la entrada a cada uno de los restaurantes que visitaba; Macedonio González el que presumía una herencia de decenas de miles de dólares que cuando el error de diciembre de 1995 se le redujeron considerablemente.
Ese Macedonio González es el que recordamos con vergüenza, por no haberle aún dado su verdadero lugar como un artista esencial de la vanguradia regiomontana, que quizás sólo ha existido en esta ciudad con él; vergüenza contenida por estar aprovechando su lejanía para exhibir algo de su material y una foto de aquel pasado cuando deleitaba con su Épater la bourgeoisie a todo fuego, para que con ello recordemos un poco tristemente que después de él no se ha podido generar en la ciudad literatura similar, arte desprendido del sí como en él; y pena porque aún queremos ser artistas justamente en una ciudad que lo recibió como un desterrado, como un sin nombre, y ciudad que un día abandonó como había llegado, con una bolsa de plástico con sus libretas de textos y algunas pertenencias más para irse a vivir, como buen regio, a Mc Allen, Texas.

Libro “Dieta de Manzanas Para El León que Cerca su Sonrisa en Cantos” y manuscrito inédito por Macedonio González (Guerrilla Pop Records) Texto y documentación sobre Macedonio González por Ángel Sánchez Borges, para la exposición Fríos y Calientes, fotografía César Valdez. Galería No Automático, Diciembre 30 del 2009, un proyecto curatorial de Sara López y Ángel Sánchez Borges.
*Este texto fue escrito para el montaje de la exposición Fríos y Calientes en la Galería No Automático como parte del “nicho” poético dedicado a Macedonio González. Proyecto curatorial de Sara López y Ángel Sánchez.