La televisión que todos padecemos (parte 1)

Por Ángel Sánchez Borges

Este texto está dedicado a la memoria de Mario Iván Martínez padre y a la de Antonio Barrios Elizalde.

Comienzo el texto con el asunto primordial. Tras la obligada salida de José Ramón Garza del programa Aficionados, alguien debería evitar que sea sustituído por Mario Bezares. Podrán decirme que el tema es inútil, pero quiero demostrarles que no tanto; en esta y la siguiente entrega hablaré específicamente del Canal 12 de Televisión y pondré algunos ejemplos del estado al que ha llegado la transmisión de tal espacio, tratando de hacer conciencia respecto a ¿qué exactamente dice de nuestra realidad sociocultural una programación de tal tipo? Luego defenderé Aficionados como un programa que a pesar de todo, sostiene una postura a veces ingenua pero rescatable en relación con la realidad local y merece que no sea asaltado por el dudoso comediante Mayito.

Para abrir la jugada los invito primero a ver el “statement” de una instalación artística que presenté reciéntemente: HACER CLICK AQUÍ . El proyecto fue para una exposición (Fríos y Calientes) sobre las formas de entender la pornografía por parte de varios artistas locales, entre los que estuvo: Adrián Procel, Oscar Montemayor, Sara López, Yolanda Leal, etc. La instalación que yo presenté fue una “apropiación” de varios programas de televisión local como el de Oscar Burgos en el 2, y las Muñequitas en el 12, con el fin de “re-contextualizarlos” en el contenido de unos misteriosos y ridículos a la vez, VHS con rótulos que prometían exponer pornografía extrema pero calificada a la vez con la referencia a movimientos pertenecientes al “avant-garde” artístico.

Creo que la foto y el contenido hablan por sí mismo, todo esto es una broma “détorunement” que no me detendré a explicar aquí. Para la creación de la pieza, que me tomó un fin de semana de “reflexión”, tuve también la oportunidad de hablar con varias personas acerca de su sensación con respecto a la barra televisiva del Canal 12, pero también a las optativas de un día común en la televisión abierta local. Coincidimos todos en que estábamos viviendo un momento bastante serio, en que la televisión local, siempre idiosincrática y evidentemente populachera, había decidido apostar todo por una fórmula obvia y de muy baja calidad.

El asunto es que la televisión local y en especial programas como el de Burgos y el de Chavana han requerido exagerar en grado superlativo la simpleza y la banalidad, la chirriante obscenidad  y el populismo más denigrante debido a que es la única manera de mantener atados a televidentes que de otra forma han ido encontrando opciones variadas en la televisión por cable ( mas Sky,  Dish y otros que encontramos en tejabanes)  desde que Monterrey es una de las ciudades con mayor acceso aún en las clases bajas a este tipo de bien mediático (cómo olvidar los años ochenta y las parabólicas que se convirtieron en un signo de status primero y cuando se rompió ese margen y se convirtió en una característica interclase en la ciudad, el plato se tornó en basura visual y en un fósil recéptaculo de señales satelitales muertas).

No voy a analizar en profundidad la posiblidad de preferencias variadas en una comunidad como la nuestra, eso es cosa de un estudio muy detallado, pero la hipótesis es que al igual que con el sexo explícito y la violencia explícita, el que la televisión vespertina y nocturna local se valga de la ridiculización extrema de sus conductores y de su público (pleitos con regusto hiperrealista en los estudios, misoginia a flor de piel, exageración permanente de la homosexualidad, etc.)  muestra la necesidad desesperada de ejercer una atracción masiva, basada en un concepto denigrante de su propio televidente, es decir, ofrece contenidos denigrantes porque piensa que eso es lo que entretiene a las masas (concebidas como tales en relación al rating) pero a la vez implica que el propio medio acciona o pone en juego un tipo de reacción cultural con la cual rechaza de entrada, que su público sea capaz de librarse de este tipo de contenidos, es decir, impone un candado y acusa la imposibilidad de cambio; hace al mismo tiempo culpable a su espectador, responsable del nivel del contenido (como si el contenido fuera sólo cosa de la idiosincrasia del mismo espectador)  y le devuelve el favor con una expresión de poder y fuerza “brutalizante”, recordándole que después de todo sólo este tipo de medio es capaz de ofrecerle los contenidos de los que disfruta (ver la segunda parte de este artículo).

Ya Jenaro Villamil ha hablado de la impunidad en los contenidos de la televisión mexicana, pero en Monterrey está sucediendo algo único, la televisión no se digna a reconocer que si bien le ha tocado el papel de acompañante de cierta transformación cultural de la ciudad (cosa que hay que discutir en detalle pero hay que recordar que la fortaleza, que no la fuerza, de ciertos medios impulsó un momento de transición a la vida moderna al interior de esta sociedad entre los 50 y los 80, a nivel empresarial, a nivel ideológico pero también a nivel psicosocial), digo, no se atreve a reconocer que la ciudad ha cambiado y que en un cierto nivel está exigida ya a elaborar un proyecto mediático a la altura de ciertas circunstancias, que como no está obligada a reconocer, entonces se dedica a hacer recular.

La segunda parte de mi hipótesis sostiene que los medios de comunicación regiomontanos están a la cabeza de un movimiento de retracción cultural que en cierta forma está impidiendo reconocer la misma transformación social que ha operado gracias a veces a ellos, pero mucho más a pesar de ellos.¿En que han ayudado? Primero que nada a que la sociedad regiomontana se reconozca como un núcelo más o menos integral de formas de vida y de idiosincracia compartida, ha impulsadomínimamente  cierta forma de solidaridad basada en la identidad, pero por otro lado no han sido capaces de entender que no en todos los casos funciona esa condición identitaria para generar avances en la propia sociedad o cuando menos no siempre gracias al papel de los medios, en otras palabras, el medio busca entrometerse a como de lugar en lo que atañe a la sociedad que lo hace posible, planteandole al revés la relación, como si lo social sólo fuera posible gracias al medio, por lo que éste ya no es sólo tribuna, expresión de la diversidad, punto de salida de ideas pro o anti institucionales, sino más efectivamente “lo social mismo”.

No es sólo el asunto de que los medios sean conservadores, porque en cierta medida no lo son, debemos de reconocer que en ciertos momentos nuestra TV, ha ayudado a entender que la misma sociedad regiomontana está conformada por diversas fuentes sociales (la variedad en el espectro radiofónico hasta los años ochenta sirvió de algo), han entendido la cuestión de la emigración hacia nuestra ciudad, han puesto énfasis aunque de manera también paternalista, sobre la necesidad de reconocer la pobreza, la inoperatividad de las instituciones públicas ante ciertos fenómenos, etc.  Pero al paso de los años, y van ya cuando menos dos décadas, se han dado cuenta que si aceptan la transformación de esta sociedad a pesar de ellos, la diversidad de expresiones y creencias, el acceso cada vez mayor a sistemas de comunicación global, una juventud desapegada de las fórmulas institucionales en general, poblaciones disímbolas y no integradas en base a conceptos elementales y formas de vida, entonces su papel se ve reducido a una variable más en el concierto de mensajes e informaciones acerca de la realidad cotidiana de una ciudad como ésta.

Un caso bastante emblemático es el de Héctor Benavides, impulsor del proyecto de casi 24 horas de noticias seguidas por diferentes medios (estaciones de radio y el canal de Tv de Multimedios) desde los años 90, proyecto en el que yo trabajé por poco más de un año a inicios de aquella década.  El modelo de medio informativo permanente fue cambiando de rumbo, en aquel momento representó una ciudad que estaba creciendo exponencialmente en lo demográfico y por ende en el tránsito vehicular; este modelo estaba basado tal cual en esas dos cuestiones: dar cuenta del hacer cotidiano del regiomontano de tal forma que este se sintiera representado a todo momento por el medio, que era como una expresión misma del ciudadano común, y por otro lado dar el servicio informativo acerca de las condiciones de la vialidad, el clima, y en general las cosas que atañen también al uso cotidiano del tiempo y el espacio públicos.

En el caso de la primera cuestión Benavides se convirtió rápidamente en un símbolo y en un referente único; provenía de una tradición de conductores de televisión que eran reconocidos como pioneros de los medios en la ciudad, había sido digamos un jóven modelo, ya que había acompañado el desarrollo del medio desde sus pininos, por lo cual estaba relacionado íntimamemente no sólo con la expansión del medio y de sus contenidos, sino que detentaba un cierto conocimiento del desarrollo de la ciudad. Otra cosa que le ayudaba es su extracción universitaria. Benavides representaba el ciudadano de visión política mesurada, ni de izquierdas ni de derechas, que hacía posible el hecho de ser un cuestionador ecuánime sobre los asuntos de la polis desde su posición. Cosa que ensanchaba su estilo, de corte responsable, sin aspavientos, invitante a la mediación, además del plus de ser casi rubio y de ojos claros, una manera de ser aún más respetado en una sociedad en la que ello es un valor casi por encima de todo lo demás.

El problema que fue enfrentando tal modelo de medio noticioso permanente es que al paso de las siguientes dos décadas la vida social se hizo tan compleja en la ciudad, por lo que ese juego de ser el referente de lo cotidiano, y de ser la cara amable y mesurada en la interpretación de los asuntos de la misma,  se ha venido enegreciendo desde que en esta  ciudad se ha agudizado la violencia (no sólo la del narco sino la intrafamiliar, y por cierto la de clase), y que la propia ciudad no puede ser ya reconocida en base a motes (ahorrativa, industrial, de las montañas) o nociones unificantes (empresarial, emprendedora, frugal) de tal manera que el modelo y el medio mismo se ha ido deformando al nivel de que ya no sólo es predominantemente una ventana a la violencia explícita como noticia, sino que se ha convertido en un monstruo unidireccional al ver poco a poco diluida su influencia real sobre las instituciones, pública, privada, familiar, y que ya no representan en realidad al individuo común que en todo caso está atrapado entre la violencia real de una ciudad que no estaba acostumbrada a ello y un medio predominantemente rojo, que también asalta con sus contenidos y con su poca mesura.

Benavides mismo se ha convertido en una especie de “know-it-all” titeresco, que tiende ya a exagerar su papel, y se dedica a hablarle a funcionarios exigiéndoles que le den razón por cuestiones tan sencillas como la de un taxista a quien un agente de tránsito quiso extorsionar por estacionarse cinco minutos en un lugar prohibido.  Tal desesperación del medio representada por su conductor, de tener que ver realmente con una ciudad en la que han perdido verdadera relevancia, se convierte en una cuestión eminentemente política cuando el medio impulsa no sólo la exageración y la mentira de la supuesta incidencia del conductor en los asuntos cotidianos de la ciudad, sino que expone un tipo de violencia con la que el poder del medio trata a toda costa de intervenir sobre un espacio y un tiempo que le toca al ciudadano reconocer como su propio campo de acción política.

No sólo impone el medio una visión de las cosas, sino que le exige al ciudadano que le ceda su lugar, y este con tal de verse representado, verse salvado, lo hace en ciertos casos, le cede la confianza y se cree la mentira de que el medio y en este caso Benavides son efectivamente gestores  de la equidad sociopolítica y que los asuntos de la polis sólo podrán ser resueltos por estos “robinjudes” telemáticos; en ese mismo momento  el medio hace aparecer a la institución pública ( y a otras instituciones por igual) como innecesaria, se va convirtiendo no sólo en el único referente político a tomar en cuenta (como en el caso de los conductores-analistas, Ciro Gómez y similares que hoy por hoy parece que detentan el control completo de la verdad pública) sino en representante ilegítimo del ciudadano ante los asuntos sociales en general y en el único espacio aparentemente legítimo para la propagación de ideas.

¿Es posible, y de qué forma , genear acciones culturales que minen la influencia de la televisión y sus conductores y de evitar que ejerzan un poder incuestionable, ese que hoy está atrincherado tras sus mismas emisiones mediáticas?

(continuará…)