transitar en tierra baldía

Por Ángel Sánchez Borges

Es un común denominador que la gente piense en la crítica sólo como un acto, optan por decir: “hace crítica”, y no dicen “ejerce la crítica”; luego es un común denominador entender el ejercicio de la crítica como un ataque, entonces se deriva una reacción, se dice: “es un resentimiento”, “es envidia”; precisamente resentirse y envidiar podrían ser dos puntos de partida de la crítica porque el crítico no parte específicamente de la objetividad, la objetividad es una meta para la crítica, en el caso de la llamada crítica cultural, que por obvias razones en nuestro contexto (Monterrey, México) no está en  las condiciones  que ha alcanzado en contextos desarrollados, y por ende no puede invalidarse sólo por razones discursivas, como cuando se dice que “la crítica cultural es un ejercicio en sí obsoleto porque no llega a nada” o cuando se dice “se es profesional de la crítica”; en fin decía, en este caso regiomontano, hacer crítica supone envidiar y resentirse primero para luego exigir objetividad, es decir, superar el sentimiento y exigir una condición en el que la crítica se supere a sí misma y se convierta en el paso del tiempo en un proyecto de observación pública desapegada de la simple y pasiva sensiblería, para entonces sí ejercerse objetivamente.

Se dice de la envidia: “la envidia es un sentimiento que nunca produce nada positivo en el que lo padece sino una insalvable amargura”. Tal cual porque se envidia lo que otros tienen pero en el caso de la crítica cultural apliquemos una envidia despegada individualmente de su objeto y referida a una comunidad; produce amargura no tener ese objeto en una relación más equitativa, no tener nada de ese objeto, ni siquiera una porción, no tener vela en el entierro.  ¿El objeto es el privilegio político y cultural? ¿Un lugar relevante en el medio cultural? ¿El dinero, el sueldo, las becas? ¿La preeminencia?

Cuando se  dan becas o se premian concursos, el medio cultural se queda con una sensación colectiva de envidia, pero es por una duda, ¿son las normas de los concursos y las becas objetivas? ¿es objetiva la tarea de los jurados? ¿cuando se exige objetividad en la crítica se supone que esa misma objetividad se cumple desde el ejercicio de normas y prácticas institucionales?

Comienza a ejercerse un chisme crítico, sí, pero eso mismo da la idea de cómo la crítica es un asunto social y que el cuestionamiento, por más basado en el resentimiento colectivo que esté, tiene una validez, opera en relación a una posible madurez crítica en el futuro, va preparando para ejercer socialmente una crítica y terminar ejerciendo cierta presión para revisar y modificar las normas que opera la institución, es en última instancia una aspiración de objetividad.

Revisemos la razón de ser del resentimiento ¿no es una cuestión histórica la inequidad de base de las funciones institucionales en general?  ¿no es el discurso historiográfico de las artes y la cultura un medio difícil de situar y medir con el rasero de lo objetivo? Quizás el resentimiento es provocado precisamente por re-sentir que las mismas condiciones se repiten una y otra vez, por lo que la aspiración de objetividad desde el ejercicio de lo público es al mismo tiempo una aspiración en doble eje, pasa por predicar con el ejemplo, las instituciones tienen el poder y los medios para ejecer fórmulas más equitativas tanto en la promoción como en la divulgación de los bienes culturales de su sociedad, por ende estan obligados a reconducir el resentimiento a partir de una política pública que supere tal condición y la vaya convirtiendo paulatinamente en una participación activa y por ende crítica de las situaciones.

El otro eje es la responsabilidad social de provocar y reconocer los cambios institucionales que promueven la equidad en el acceso a los bienes culturales, responsabilidad que comparten las sociedades con la operatividad de sus instituciones. En otras palabras superar el estado resentido y envidioso de la crítica supone primero que nada que se debe tener en claro que los bienes culturales, esos objetos perdidos y/o acaparados necesitan ser puestos primero a la vista general por las instituciones, las normas por las cuáles se accede a ellos, estar basadas en una objetividad que por principio involucre a varios especialistas (jurados, curadores, asesores) que puedan integrar más o menos una posibilidad de alcance general, para que se tracen de manera que representen a la vez la mayor cantidad de posiblidades de acceso para las diversas esferas sociales.

Es otro común denominador en los enemigos de la crítica que plantean la imposibilidad de que se puedan crear políticas culturales que efectivamente representen a la “generalidad”; aducen el empantanamiento que produce en cualquier trazo teórico político y el entricamiento que genera en las prácticas. Dan por hecho que las políticas culturales sólo funcionan para unos cuantos y que por ende pueden ser definidas por grupos reducidos de políticos culturales e incluso por las autoriades culturales mismas. Incluso en el modelo de los Consejos, los consejeros a menudo representan un abanico muy corto, demasiado anclado en el tiempo, es decir, demasiado referido a personalidades y personajes que históricamente han acampado en la tierra baldía de la realidad cultural y ejercido su liderazgo vertical.

Esta forma de entender el contexto, como una Tierra Baldía, entre caótica y salvaje, entre inconsciente y solitaria, es lo que supuestamente tales líderes y políticos culturales vienen a poblar con ideas y con acciones dignas de ser reconocidas por sus sociedades como las únicas salidas posibles hacia la enculturación y el rescate de los contextos, ergo, tales líderes y políticos culturales deben de ser considerados como necesarios, como los detentadores únicos (ellos y su genealogía) de la objetividad en las políticas culturales y sus normas; así bien  los públicos, los receptores, el grueso poblacional, debe estar seguro, tranquilo de que ellos saben lo que hacen, de lo contrario, si careciéramos de su presencia y de su capacidad de mediación, quedaríamos liberados al desorden que se impone en la “wasteland”.

Por ende, la envidia y el resentimiento en la crítica, no es una característica de las sociedades inmaduras sino que es una condición a través de la cual surge el modelo de institución cultural imperante (hablo obviamente del contexto regiomontano que es el que conozco); es este modelo y este tipo de personajes que las encabezan el que parte por principio de un estado mental de su población que le impediría ver lo que hacen por ella sus instituciones culturales, es decir, es el plano a través del cual deben de fluir las políticas culturales, como un peor es nada, tomando en cuenta que además eso mantiene el estado de las cosas.

Es un doble chantaje: “tu me criticas porque estás resentido y eres un envidioso, por eso mismo no puedes acceder a la mejor parte de todo esto, que sólo es accesible a quienes reconocen mi objetividad y la objetividad de las cosas; no accedes además porque tu estado mental te lo impide; pero al mismo tiempo sólo este estado es posible porque no hay otra opción en una sociedad que comparte tu enfermedad, por eso no podemos las instituciones y los políticos hacer otra cosa que nuestro menor y máximo esfuerzo a la vez, no podemos hacernos cargo de la generalidad, de tal sociedad enferma, sino relativamente generar mejoras en esta tierra baldía que se abona día con día y nadie, entre los críticos como tu, nos lo agradece”.