Revertir la clandestinidad: hacia una socialidad peninsular

“El día que se venga la guerra atómica

yo me voy a Matehuala”

Dicho Familiar

Se habla casi a diario, y diario casi a toda hora sobre qué decisiones tomar respecto a una posible generalización del estado de violencia, en Monterrey sobre todo esta negrura, esta especie de desesperación a priori, viene como he hablado en otros momentos de un detrimento paulatino pero efectivo de los usos de la ciudad; hemos discutido ya acerca de cómo regiolandia no construyó a tiempo sectores urbanos, puntos de contacto en donde se ampliara el ejercicio de la socialidad en general, de cómo la vida cotidiana al no tener entre sus opciones, formas y acciones culturales de encuentro colectivo, de efectivo encuentro de lo público ha ido minando sus opciones de responder con efectiva participación ciudadana y con comportamientos alternativos la salida de la entraña violenta.

Monterrey se ha entrampado a sí misma pero también es hora de entender y de ensayar algunas opciones que nos saquen del atolladero. Unos dicen que sus amigos con mejor capacidad adquisitiva se están mudando de la ciudad, otros dicen que sus negocios van a quebrar porque la gente no quiere salir, otros se la pasan en un interiorismo locuaz, aprovechando el chisme de lo violento para exacerbar su desapego y su despreocupación, pero hemos estado hablando otros que pensamos que hay algunas formas de micro-participación, de micro-accionamiento que podrían revertir esa peor forma de clandesitinidad que la de las fuerzas “oscuras” de la delincuencia o la paranoía colectiva de un despertar al mismo tiempo de una fuerza destructura total.

La noción de peninuslaridad nos compete, bañarnos por la diversidad de formas de vida que nos caracteriza, nada mejor que salir bien librados comprobando que el acercamiento de unos con otros, los encuentros, como diría Deleuze, no sólo refiere a una co-participación, sino a una serie de intensidades de las vidas que en la base son más complejas y más reales que los elementos fuera de escena de la criminalidad; la respuesta no está en una falsa comunicación de esos puntos diversos, sino en el entendido que nuestra socialidad no es solamente un organismo diferenciado y jerárquico que estaría enfermándose sin remedio y cuya cura completa se decidiría por una receta y una medicamento igual de invasivo que la misma enfermedad.

La peninsularidad como noción, nos abre a las intensidades desconocidas de nuestra propia socialidad sin necesidad de verlas como coincidencias firmes, sino precisamente como intensidades mínimas y máximas que nos pueden contagiar; el contagio no es sólo el de una enfermedad, sino también el de devenires puros e impuros, aires limpios y aires cargados, que no debemos repeler, sino integrar a las formas en que devenimos también en el espacio abierto de la península y en la apertura hacia el horizonte de las expectativas de salida pero también de llegada.  Un músico brasileño lo comentaba en Medellín, Colombia, un poco en términos fantásticos, pero decía, para qué esperar un festival cultural con los demás si en nuestros barrios cada uno de nosotros puede ser su propio festival, es decir, integrar en sí mismo esa creatividad, esa felicidad que pretende de y con los otros.

Otro músico regiomontano preguntaba el otro día, cómo reinsertarnos en nuestra vida barrial, es obvio que muchos podemos partir de la desconfianza y acercarnos a nuestros alrededores como si sólo por silencios y de vallas mentales y afectivas sucesivas pudiéramos protegernos de la amenaza de los demás, pero luego reflexionaba acerca de lo que en realidad no cambiaba en esos espacios, la necesidad de ser activados desde quizás el mismo silencio, no el de una amistad forzada, sino en el desdoble, en el redimensionamiento que la cercanía produce.  Baudelaire inventó el término “spleen” para referir una sensación de alivio que producía la indiferencia anónima en la masa, pero al mismo tiempo la sensación de vacío que producía internamente, pero lo conviritó en un experimento de felicidad metamórfica.

Cuando se habla de que hay que quedarse en sus casas, de que hay que recluirse en masa con los amigos, se nos olvida que aún en compañía de los demás la asfixia, la falta de extrañeza, la opacidad y el delirio encerrado de la familiaridad produce monstruosidades aún peores que la apertura hacia encuentros e intensidades desconocidas producidas por el riesgo  tan natural y tan humano a la vez; ya lo decía Porchia: “Quien se queda demasiado consigo mismo se envilece” , pero habría que ver aún más terriblemente como en el Ángel Exterminador de Buñuel, que las enfermedades colectivas son cerrazones en el seno mismo de la apertura, cárceles en el mundo abierto de la libertad; la enfermedad mental del grupúsculo a pesar de ver los límites del mundo físico como franqueables e indelimitados produce el monstruo racional del poder, introyecta su ineficacia para combatir en el ámbito de lo vital mismo, se acolchona en su vigilia petrificada, lo que es peor que despertar en la realidad como pesadilla de Kafka.

Se nos está llevando a reproducir la clandestinidad en base a un signo contrario y sin embargo confirmador del camino sin salida; se nos dice, primero tu, tus hijos y tus amigos, nada de “otros”, nada de ” exuberancia”, que quiere decir “abundancia de extraordinariedad”, es decir, precisamente, en este momento lo que puede llevar a abrir nuevas experiencias de socialidad es tratar de combatir lo clandestino con experiencias múltiples de lo no-ordinario, porque sólo conocemos las que están ancladas en el clandestinaje… de las drogas, de las armas, del secuestro, de la corrupción policiaca, de los grupos de poder, de las élites excluyentes, de las uniformidades, de los ciclos, de los círculos, de la casa al trabajo y viceversa, de la información reiterativa, del ruido monotonal y no del ruido polifónico, el mismo que lleva por ejemplo a estar enmedio de las calles para re-componer el flujo de sonidos en puntos de contacto específicos sobre la base de psico-geografías sónicas como lo hacía Silvestre Revueltas en Oaxaca al escuchar las bandas tocando en diversos lugares del pueblo y en donde sus oídos se convertían en puntos de llegada de esas “transmisiones” aéreas de la vitalidad específica de los demás puntos de emisión  y cobraban otros sentidos.

Oídos peninsulares y no insulares, oídos que se abrían al Opus #n  de la vida social y no recluídos en la excepcionalidad del no partícipe, del que se adentra una vez más en los recovecos de su territorio y así cada vez más , interiorizando, haciéndose cada vez más invisible ante mares aún más pequeños que construye como delimitaciones de su parcialidad, de su parcela, hasta crear el mar más pequeños que es ahogarse en su vaso de agua…recrear en cambio la noción de insularidad nos lleva pararnos en el límite a otear el horizonte, a redefinir los caminos que llevan al punto de apertura mayor que es cuando nos abrimos al esapacio de los flujos, a bañarnos en el viento de lo aún improbable, que llega del otro lado del mar y por todos lados, la insularidad es también reconfigurar a cada paso rumbo al límite horizontal la experiencia que se abre y se cierra en múltiples direcciones haciendo de nuestros territorios algo no solamente móvil sino atravesado por los demás territorios, desligando y ligando, limitando y deslimitando al mismo tiempo, haciéndonos polifónicos de tal forma que no siempre llega la misma melodía al mismo punto, y cuando en un punto ya cambió,  apenas llega a la otra orilla, recomienza…ecos como socialidad permanente, tiempos y espacios ampliados que lanzan tonadas en resonancia; cut-offs desvinculados que marcan puntos específicos de decaimiento que sin embargo hacen la tonada tan cambiante, es decir, no siempre la misma vieja canción.